Magazine # 112
RELEASE DATE: 2020-12-29
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EDITORIAL BY CHARLES BLADON

Our cover: Iván Rodríguez

ENGLISH VERSION

As this year comes to an end, we look back and reflect on what may have been the hardest year we have ever endured. It started like any other year. With a loud bang we welcomed the new year in, hoping for a time to refresh and start anew. At the beginning of the new year, rumours of a new virus had been largely dismissed, however within three months of ringing the bell, our lives had been flipped upside down. On the 10th March, Bolivia had recorded its first cases in Oruro and Santa Cruz. Within two weeks, the country would shut its borders and impose a national lockdown. 


The new normal was weird. Our hangouts were shut down, we weren’t allowed to see our friends and some people found themselves stranded. Some spent more time online than ever before, taking to zoom meetings or watching videos to learn how to give themselves a haircut. We kept ourselves occupied but also kept in touch with what was happening around the world and with each other. In this time we realised how we can feel connected with one another even if we can’t physically interact. While we stayed at home for most of this year, we remained ever-present in our zeitgeist.


With the world so much more connected than before, social justice was still at the forefront of our issues to contend with. People were moved to tears, anger and distress by the death of a 46 year-old black man, George Floyd. On the 25th of May this year, he was killed at the hands of the police. This sparked worldwide outrage and once again thrusted race issues, not only in the USA but around the world, into the limelight. It was a story that broke out 7,000km away from Bolivia, yet the gravity of the matter and its power was still felt. Many sought it as a chance to reeducate themselves in social justice and race issues. It was taken as an opportunity to be more compassionate and understanding at a time where the world felt so uncertain.This movement has shown us that the world is always looking for ways to move forward. 


As we cast our eyes to the 18th October we would see Bolivians heading to the voting polls in the middle of a pandemic as they sought to name the successor to the transitional government in a crucial election. In what was described by many as a show of force to the “foreign intervention” that toppled MAS and Evo Morales, the people would show their mettle and reelect MAS with Luis Arce as President. Bolivia would show that, during the most extreme times, the voices of the people still reigned supreme. Change in this world is constant despite our lives invariably playing out indoors. 


It has been a hard year and an especially hard year to reflect on in a positive light. Our positives come from what we’ve learned from the pandemic, what we have lost and what we can do better in regards to the issues it has highlighted. The pandemic has not only been a dire backdrop to the events above, but also a spotlight and, at times, a catalyst for social issues. As Anneli Aliaga stated this year in her editorial of the 109th edition of the Bolivian Express, “this health crisis has highlighted some of society’s ugliest and most deep-rooted fissures”. It is from these that we must learn and go forward.


In this month’s semi-festive edition of the Bolivian Express, we bring you the ghost of Bolivian Express’ past with various pieces from past editions! Taking this month’s edition to reflect on some of the social issues addressed above, we revisit the struggle for recognition faced by the African-Bolivian community; a photo essay covering Bolivia under lockdown early on in April; while most museums are closed, we are reminded of the beautiful street art that La Paz and El Alto has to offer (free of charge and easy to do while social distancing!); with Bolivians casting their ballots earlier this year, we have a look at the significance of the Wiphala in an article by Anneli Aliaga and finally, to awaken a little bit of that Christmas spirit, we revisit the Christmas traditions in Bolivia in a piece I wrote the first time I came to the country in 2017.


I wish everyone reading this a Merry Christmas and a Happy New Year, may this festive season bring you bountiful joy and happiness!

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VERSIÓN EN ESPAÑOL


A medida que este año llega a su fin, miramos hacia atrás y reflexionamos sobre lo que puede haber sido el año más difícil que hemos atravesado. Comenzó como cualquier otro año. Con fuerte ahínco, dimos la bienvenida al nuevo año, esperando un momento para refrescarnos y comenzar de nuevo. Al comienzo del nuevo año, las prevenciones de la aparición de un nuevo virus habían sido descartados, en gran medida, en varias partes del mundo. Sin embargo, a los 3 meses de sonar la campana del 2020, nuestras vidas dieron un vuelco impensado. El 10 de marzo, Bolivia registró sus primeros casos en Oruro y Santa Cruz. En 2 semanas, el país cerraría sus fronteras y ordenaría un cierre de fronteras nacional.


La nueva normalidad era extraña. Nuestros lugares de reunión estaban cerrados, no se nos permitió ver a nuestros amigos y algunas personas se quedaron varadas en alguna parte del mundo. Algunos pasaron más tiempo en línea que nunca, aprovechando las interminables reuniones de zoom o viendo videos para aprender a “cortarse el pelo”. Tratamos de  mantenernos ocupados, pero también en contacto con lo que estaba sucediendo en todo el planeta y entre nuestras relaciones cercanas. En este tiempo nos dimos cuenta de lo conectados que podemos estar, incluso, si no podemos estar físicamente el uno con el otro. Aunque estuvimos dentro de nuestras casas la mayor parte de este año, permanecimos siempre presentes en espíritu con todos nuestros allegados.


Con el mundo mucho más conectado que antes, la justicia social seguía estando a la vanguardia de nuestros problemas con los que lidiar. La gente se conmovió hasta las lágrimas, la ira y la angustia por la muerte de un hombre negro de 46 años, George Floyd, el cual fue , el 25 de mayo de este año, asesinado a manos de la policía. Esto provocó indignación en todo el mundo y una vez más puso en primer plano los problemas raciales, no sólo en los EE. UU, sino en todo el mundo. Fue una historia que se suscitó a 7.000 kilómetros de Bolivia, sin embargo, la gravedad del asunto y su poder aún se sentían en esta parte del hemisferio Sudamericano. Muchos lo buscaron como una oportunidad para educarse en temas de justicia social y raza. Se tomó como una oportunidad para ser más compasivos y comprensivos en un momento en el que el mundo se sentía tan incierto, lo que nos mostró que el mundo seguía avanzando con todo a su alrededor.


Si miramos al 18 de octubre, veíamos que los bolivianos se dirigían a las urnas en medio de una pandemia, mientras buscaban nombrar al sucesor del gobierno de transición en una elección crucial. En lo que muchos describieron como una demostración de fuerza a la “intervención extranjera” que derrocó al MAS y a Evo Morales, el pueblo mostraría su temple y elegiría al MAS con Luis Arce como presidente. Bolivia demostraría que en los momentos más extremos, las voces del pueblo aún reinaban con un impulso gigantesco. El cambio en este mundo es constante a pesar de que nuestras vidas se desarrollan invariablemente dentro de este.


Ha sido un año duro, y sirvió especialmente  para reflexionar sobre él de forma positiva. Los aspectos positivos provienen de lo que hemos aprendido de la pandemia y de lo que podemos hacer mejor con respecto a los problemas que se han deslumbrado a raíz de esta. La pandemia, no solo ha sido un telón de fondo terrible para eventos anteriores, sino también un foco de atención y, en ocasiones, un catalizador para los problemas sociales. Como afirmó este año Anneli Aliaga, en su editorial de la edición 109 de Bolivian Express, “·Esta crisis de salud ha puesto de relieve algunas de las fisuras más feas y arraigadas de la sociedad”. Por ende, es de ello de los que debemos aprender y seguir adelante.


En la edición semi-festiva de este mes de Bolivian Express, les traemos un fantasma del pasado de la revista con varias reediciones de artículos pasados de nuestro equipo. Tomando la edición de este mes para reflexionar sobre los grandes problemas sociales de este año, revisamos la lucha por el reconocimiento que enfrenta la comunidad africano-boliviana más allá de su baile tradicional “la saya”. Un breve artículo y un ensayo fotográfico analizan a Bolivia bajo los bloqueos y cuarentenas a principios de abril. Si bien la mayoría de los museos están cerrados, recordamos el hermoso arte callejero que La Paz y El Alto tienen para ofrecer. Con los bolivianos votando a principios de este año, echamos un vistazo a la importancia de la Wiphala en un artículo de Anneli Aliaga. Finalmente, para inculcar un poco de ese espíritu navideño, revisamos las tradiciones navideñas en Bolivia en un artículo que escribí la primera vez que arribe en Bolivia en el año 2017.


Les deseo, a todos los que nos leen, una Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo, que esta temporada festiva les traiga abundante alegría y felicidad.

RAINBOWS OF REVOLUTION / UN ARCOIRIS QUE SIGNIFICA REVOLUCIÓN
December 29/2020| articles

Photo: Michael Dunn [www.michaeldunca.com] 


ENGLISH VERSION

The history and significance of the wiphala in the Bolivian imaginary.  

There is minimal, if any, concrete historical evidence of the origin of the wiphala, the multicoloured flag common to the Bolivian Andes. Aside from its links to Bolivia’s pre-Columbian civilisations and present day Quechua-Aymara philosophy, the flag’s story has been appropriated, twisted and turned to the point of obfuscation in order to foster the rise of popular movements, political discourses and fantastical tales. Many scholars and historians have managed to trace the patterns and colours of the flag to precolonial times, all the while debating its primary function: Did it serve as an astronomical calendar or merely as a vibrant decoration that would come to mean much more? Sure enough, the flag’s history may seem vague, yet the wiphala has become one of the most symbolic and controversial national symbols of Bolivia.

 

Franco Limber, an advocate of the indianista ideology and author of Breve historia real de la wiphala, dedicates his book to deciphering historical truth when it comes to the flag’s beginnings. He believes it is important to consider some hypotheses behind the wiphala’s historical roots. Despite Limber’s disclaimers warning readers that his ideas may ‘lack veracity’, his findings have such an intimate relationship with their respective historical contexts that it would not be absurd to value their rationale and probability. For example, an uncanny resemblance of the wiphala pattern can be seen in textile artefacts from the Tiwanaku era: There is no mistaking the colourful, diagonally aligned squares that appear on some weavings from that time. Limber also attaches a photo of a precolonial keru (also spelt qiru) – an ancient Andean ceramic vase – to his study to provide visual evidence of one of the first recorded appearances of the wiphala. Although this vase is considered to be Incan, it’s worth noting that the creation and use of flags in general was thought to have been exclusively European. In fact, wiphala in Aymara is simply translated as ‘a flexible, waving, square object’, possibly suggesting that it was originally meant to be the linguistic translation for ‘flag.’ On the aforementioned vase (which can now be found on display in the Archaeological Museum of Cuzco), an indigenous figure carries seven-by-seven rainbow-coloured squares over his shoulder. This same pose and pattern would be reproduced in colonial baroque art by anonymous artists who illuminated the walls of the church of Calamarca with ethereal paintings of angels carrying representations of the wiphala. The artistic and historical record of what we now consider to be the wiphala undoubtedly points to a certain significance and prevalence of this pattern in Bolivia’s past, even if its true essence and precolonial meaning has disappeared over the years.

 

The wiphala has beenhistorically viewed as ananticolonial symbol thatwas carried by indigenousrebels.

 

In 1979, Bolivian historian Germán Choquehuanca began the next chapter of the wiphala’s history. Based on the design and the seven colours that appear on the keru exhibited in Cuzco, the historian was inspired to redesign the flag that is presently sewn onto uniforms nationwide, and proudly flown over La Paz. Choquehuanca’s contribution to the story extends far beyond redesigning the flag; he also played an important role in reinstating the flag’s revolutionary political value in a modern context. The wiphala has been historically viewed as an anticolonial symbol that was carried by indigenous rebels such as Tupac Katari and Pablo ‘Willka’ Zárate during their struggles against colonial forces. Many years later, in 1970, this revolutionary Aymara icon would serve rural Bolivian syndicate movements in their protest against hegemonic powers. Nowadays, you will be stretched to find a popular social uprising across the Andes that is not accompanied by a multitude of colourful wiphalas. Choquehuanca, much like Limber, believes the wiphala to be inherently Andean – something that was born into and will always be an emblem of Quechua-Aymara culture and the indigenous populations of the Andes.

 

The colours and the design of the wiphala are equally as meaningful as its history. Each of the diagonally aligned colours that appear on the wiphala stand for different concepts relating to the cosmovisión andina: the red represents man’s relationship with Pachamama (Mother Earth), the orange represents social and cultural expression, yellow stands for ch’ama-pacha (power and energy), the white represents time and development, green is the richness of nature and agricultural production, the blue stands for cosmology and the purple represents Andean ideology and indigenous politics. Although these concepts stem from Quechua-Aymara culture and thought, the overarching themes of unity, revolution and justice that are so frequently tied to the wiphala have engendered the flag’s widespread appropriation across many native populations in Latin America that fight similar battles against discrimination and political oppression.

 

The wiphala is an omnipresent symbol to be reckoned with in Bolivia. Its visibility throughout the nation, as well as its inclusion in significant cultural works such as the artwork of Bolivian artist Walter Solón and Jorge Sanjinés’s film La nación clandestina, highlight its emblematic nature and how deeply embedded it is as a national symbol. It is a flag that directly represents the ongoing struggles that the majority of this country face on a daily basis. It has withstood a turbulent history of modifications, and commodifications, and never lost its inherent revolutionary spirit in the postcolonial period. It is a flag that does not just belong to a select group, or represent a presidency or a person – it belongs to all Bolivians.

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VERSIÓN EN ESPAÑOL


La historia y significancia de la whipala en el imaginario colectivo boliviano.

 

Existe una evidencia histórica del origen de la wiphala, la bandera multicolor común a los Andes bolivianos. Ademas de sus vínculos con las civilizaciones precolombinas de Bolivia y la filosofía actual quechua-aymara, la historia de la bandera se ha apropiado y conducido al punto de la ofuscación para fomentar el surgimiento de movimientos populares, discursos políticos y cuentos fantásticos. Muchos estudiosos e historiadores han logrado rastrear los patrones y colores de la bandera hasta la época precolonial, debatiendo su función principal: ¿Sirvió como un calendario astronómico o simplemente como una decoración que llegaría a significar mucho más? Efectivamente, la historia de la bandera puede parecer vaga, pero la wiphala se ha convertido en uno de los símbolos nacionales más simbólicos y controvertidos de Bolivia.

 

Franco Limber, defensor de la ideología indianista y autor de “Breve historia real de la wiphala”, dedica su libro a descifrar la verdad histórica a los inicios de la bandera. Él cree que es importante considerar algunas hipótesis detrás de las raíces de la wiphala. A pesar de ser Limber quien advierte a los lectores que sus ideas pueden ""carecer de veracidad"", sus hallazgos tienen una relación tan íntima con el contexto histórico, que sería absurdo no valorar su razón de ser y probabilidad. Por ejemplo, se puede ver una extraña semejanza con el patrón de la wiphala en los artefactos textiles de la era de Tiwanaku: no hay duda de que los coloridos cuadrados alineados en diagonal, aparecen en algunos tejidos de esa época. Limber también adjunta a su estudio una foto de un keru precolonial (qiru), una antigua vasija de cerámica andina, para proporcionar evidencia visual de una de las primeras apariciones registradas de la wiphala. Aunque este jarrón se considera inca, se debe señalar que se pensaba que la creación y el uso de banderas en general eran exclusivamente europeos. De hecho, wiphala en aymara se traduce simplemente como 'un objeto cuadrado, ondulado y flexible', sugiriendo que originalmente estaba destinado a ser la traducción lingüística de 'bandera'. En el jarrón previamente mencionado (que ahora se puede encontrar en exhibición en Museo Arqueológico de Cuzco), una figura indígena lleva sobre su hombro cuadrados de 7 x 7 colores del arco iris. Esta misma pose y patrón sería reproducido en el arte barroco colonial por artistas anónimos que iluminaron las paredes de la iglesia de Calamarca con etéreas pinturas de ángeles con representaciones de la wiphala. El registro artístico e histórico de lo que ahora consideramos la wiphala apunta indudablemente a un cierto significado y prevalencia de este patrón en el pasado de Bolivia, aunque su verdadera esencia y significado precolonial haya desaparecido con los años.

 

 

La wiphala ha sido históricamente vista como un símbolo anticolonial que fue llevado por los rebeldes indígenas.

 

 

En 1979, el historiador boliviano Germán Choquehuanca inició un nuevo capítulo de la historia de la wiphala. Basado en el diseño y los siete colores que aparecen en el keru exhibido en Cuzco, el historiador rediseñó la bandera que actualmente está cosida en los uniformes a nivel nacional y orgullosamente ondeada sobre La Paz. Pero la contribución de Choquehuanca a la historia se extiende más allá del rediseño de la bandera; también jugó un papel importante en la reinstauración del valor político revolucionario de la bandera en un contexto moderno. La wiphala ha sido históricamente vista como un símbolo anticolonial que fue llevado por rebeldes indígenas como Tupac Katari y Pablo ‘Willka’ Zárate durante sus luchas contra las fuerzas coloniales. Muchos años después, en 1970, este ícono revolucionario aymara serviría a los movimientos sindicales rurales bolivianos en su protesta contra los poderes hegemónicos. Hoy en día, acuentra su presencia en un levantamiento social popular en los Andes, como una multitud de coloridas wiphalas. Choquehuanca, al igual que Limber, cree que la wiphala es inherentemente andina, algo que nació y siempre será un emblema de la cultura quechua-aymara y las poblaciones indígenas de los Andes.


Los colores y el diseño de la wiphala son tan significativos como su historia. Cada uno de los colores alineados en diagonal que aparecen en la wiphala representan diferentes conceptos relacionados con la cosmovisión andina: el rojo representa la relación del hombre con la Pachamama (Madre Tierra), el naranja representa la expresión social y cultural, el amarillo representa ch'ama-pacha (poder y energía), el blanco representa el tiempo y el desarrollo, el verde es la riqueza de la naturaleza y la producción agrícola, el azul representa la cosmología y el violeta representa la ideología andina y la política indígena. Aunque estos conceptos provienen de la cultura y el pensamiento quechua-aymara, los temas generales de unidad, revolución y justicia tan frecuentemente ligados a la wiphala, han engendrado la apropiación generalizada de la bandera entre muchas poblaciones nativas de América Latina que luchan contra batallas similares.


La wiphala es un símbolo omnipresente en el colectivo de la sociedad boliviana. Su visibilidad, así como su inclusión en obras culturales importantes en todo el país, como la obra del artista boliviano; Walter Solón, y la película de Jorge Sanjinés; La
nación clandestina, resaltan su carácter emblemático y profundamente arraigado como símbolo nacional. Es una bandera que representa las luchas que la mayoría en Bolivia enfrenta a diario. Ha resistido una turbulenta historia de modificaciones y mercantilizaciones, pero nunca perdió su espíritu revolucionario inherente al período poscolonial. Es una bandera que no solo pertenece a un grupo selecto, ni representa una presidencia o una persona, es de todos los bolivianos.

LA SAYA NO ES TODO
December 29/2020| articles

Photos: Rhiannon Matthias 


ENGLISH VERSION

Afro-Bolivians struggle for recognition of their place in Bolivian history

 

This year marks the 10th anniversary of the passing of Law 200 of the Bolivian Constitution, which officially declared September the month of afrobolivianidad and 23 September as the day of afrobolivianidad. As Bolivia’s black population lived in obscurity and exclusion for centuries – its existence not recognised officially until 2009 – what is meant by afrobolivianidad, or being Afro-Bolivian, is still taking shape. If the televised celebrations on September 23 of last year are anything to go by, it is defined by saya – Afro-Bolivian dance and music – and an eternal struggle and need to reiterate that people of African descent have contributed to Bolivian culture and society, and not just in the realms of entertainment or sports. Saya forms a large part of the celebrations of afrobolivianidad; in Bolivia, it is an important way of passing on oral history as well as embracing African roots. On the surface seeing people of all races and ages moving in and out of sync with the dancers gives the impression of joy in diversity. But as Irene Torrez, the president of the Movimiento Cultural Saya Afroboliviano (MOCUSABOL), points out, ‘Saya is not everything.’ The drums of saya seem to drown out other African contributions to Bolivian society, culture and history, as well as a centuries-long struggle of Bolivians of African descent for basic rights and recognition.

 

Until 1980, saya was confined to small communities in the Yungas region of the eastern foothills of the Andes, most famously in the village of Tocaña, just north of Coroico. The spread of saya to Bolivia’s metropolitan centres has given much-needed visibility to Bolivia’s African-descended population, and it often provides Afro-Bolivians opportunities to earn their living as performers. But as saya has become more commercial, as is often the case with art forms which have roots in minority communities, its significance and function have largely been lost on the audience, and it’s thereby been compromised. At its root, saya is not just about the movements involved or its rhythm; it also evokes important historical events and notable figures. For example, ‘Si yo fuera presidente’ (If I were president) is a well-known saya that honours Manuel Isidoro Belzu, the Bolivian president who abolished slavery in 1851. 

 

Torrez, of MOCUSABOL, has built her life on the rhythms of the Yungas and has deep love and appreciation for her craft, proudly showing off the trophies and plaques that adorn her small office near the Miraflores neighbourhood of La Paz. But she allows that the Bolivian people’s admiration for the art form can be at best superficial. ‘Saya is important – it connects us to our African ancestors and gives us a sense of pride,’ she says. ‘But a lot of people think all we can do is dance, and they don’t have respect for what we do. Sometimes people pass comments like, “Look how sexy black women are when they dance.” They don’t pay attention to the lyrics of the songs or understand their true weight. We are just objects for their entertainment.’ 

 

Whilst people might be open to their music and dance, Afro-Bolivians have had to struggle to be accepted as a people by the rest of Bolivian society for centuries. In spite of legislative and historical changes, they are still victims of discrimination on various levels. They live in relative poverty, face social exclusion and are subject to frequent racist behaviour. Part of the problem with Afro-Bolivian representation stems from the fact that they make up less than 1 percent of the Bolivian population. Their cries are easily muffled, particularly in a country where over half of the population identifies as indigenous and were victims themselves of similar abuses for centuries. Afro-Bolivians’ role in Bolivian history is too easily erased, and their historical experience is very often summarised into a sentence or two – if mentioned at all. Paola Inofuentes, an activist and the executive director of the Afro-Bolivian Centre for Integral and Community Development, puts it succinctly: ‘To the average person, our history goes like this: We arrived as slaves, moved to Los Yungas and then we were liberated. The end.’ But the history of Afro-Bolivians is much more complicated and of much more consequence, for Bolivia and the Spanish empire itself.

 

The first Africans arrived in Bolivia in the 16th century, as slaves to strip out the rich mines of Cerro Rico, near Portosí, where countless perished due to the inhospitable conditions they were subjected to (the exact number of deaths is impossible to know, but there are estimates that five to six million forced laborers – indigenous and African alike – died in the mines of Cerro Rico). And, like elsewhere in the Americas, both North and South, Africans were forced to perform agricultural labor – oftentimes in appalling conditions. ‘African slaves were transferred to the Yungas partly because the region was in need of manpower, says La Paz–based historian Roger Leonardo Mamani Siñani, ‘and it is said that they arrived knowing how to grow sugar, cotton, and tobacco – all of which grow well in Los Yungas.’ Even after the official abolition of slavery in the mid-19th century, Afro-Bolivians continued to be oppressed by the mestizo elite until the 1952 National Revolution, after which extensive land-reform laws were passed. Even then, though, Afro-Bolivians have faced discrimination and systemic economic hardship up to and including the present day.

 

Juan Angola Maconde is an Afro-Bolivian economist and one of the foremost experts and researchers in the realm of black history. Originally from Dorado Chico, Yungas his first book, ‘Raíces de un pueblo: cultura afroboliviana’, was published in 2000, and received attention elsewhere in Latin America and even the United States. He emphasises repeatedly that his works have received more attention outside of Bolivia, though he was presented with an award for his research in September of last year – one of the few Afro-Bolivians to be commemorated outside of the area of saya. ‘There has not been much research into the role of Afro-Bolivians in the War of Independence,’ he says. ‘There were black battalions that participated. They were known as Los Batallones de Terror, and many of them perished in the conflict. Their names are unknown because they were slaves who participated in the promise of eventual freedom. We do know that people of African descent participated in the Chaco War, and this is well documented. The likes of Pablo Murga, Pedro Andaverez Peralta and Demetrio Barra emerged as heroes. But once the black and indigenous soldiers returned from the war, they were still subjected to servitude under the hacienda system, and this did not change until the revolution of 1952.’

 

Pedro Peralta is the most prominent Afro-Bolivian to emerge from the Chaco War, even being recognised by the Bolivian Parliament in 2018 as ‘an exemplary son of the Afro-Bolivian community and culture’. Recognition of heroes like Peralta is a victory and shows some signs of progress for Afro-Bolivians after centuries of being ignored, but there is still a long way to go. ‘The legacy of colonialism and slavery and how it affected us and continues to affect us are not considered,’ Inofuentes explains. ‘I think that some people feel like the fact that we are being acknowledged is enough, and we should feel grateful. But we are not acknowledged for the role we played in liberating this country, and the current issues we face are ignored by everyone.’

 

Perhaps as a new generation with better access to opportunities, with the added advantage of being better connected and with new notions of afrobolivianidad will begin to emerge. ‘Now with the Internet, it’s easier to find out about people like Malcolm X, and find role models,’ says Inofuentes. Acknowledging the role of Bolivians of African descent in the independence struggle would involve a lot more research, but it could go a long way in shaping blackness in Bolivia, and it would reinforce the idea that they have played roles other than entertaining or serving. In the past 10 years, black Bolivians have gone on to occupy positions of power – people like Jorge Medina, former chief of police Abel de la Barra and the deputy minister of culture Juan Carlos Ballivián. Hopefully, the coming generations will produce more examples of black Bolivian excellence, carrying the knowledge that their ancestors played a role in their freedom.


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VERSIÓN EN ESPAÑOL


La lucha afroboliviana por el reconocimiento de su lugar en la historia boliviana.

 

Este año se celebró el décimo aniversario de la aprobación de la Ley 200 de la Constitución boliviana, que declaró oficialmente, septiembre como mes de la afrobolivianidad, y el 23 de septiembre día de la afrobolivianidad.

La población negra de Bolivia vivió en el olvido y la exclusión durante siglos - su existencia no se reconoció oficialmente hasta 2009 – por lo que la afrobolivianidad, o ser afroboliviano, continúa tomando forma, y hablar de la saya, contribuye a esta construcción.

Se define por saya - danza y música afroboliviana - una lucha eterna con el objetivo de otorgar la contribución de los afrodescendientes a la cultura y sociedad boliviana, y no solo en el ámbito del entretenimiento o los deportes. La saya forma gran parte de las celebraciones de afrobolivianidad; en Bolivia, es una forma importante de transmitir la historia oral, y de acoger las raíces africanas. Ver a personas de todas las razas y edades moviéndose con los bailarines da la impresión de alegría en la diversidad. Pero como señala Irene Torrez, presidenta del Movimiento Cultural Saya Afroboliviano (MOCUSABOL), 'La saya no lo es todo.' Los tambores de saya parecen ahogar otras contribuciones africanas a la sociedad, cultura e historia boliviana, así como una lucha de siglos de los afrodescendientes bolivianos por derechos básicos.

 

Hasta 1980, la saya se encontraba confinada en pequeñas comunidades en la región de los Yungas, principalmente en el pueblo de Tocaña, al norte de Coroico. Actualmente, la propagación de saya a los centros metropolitanos de Bolivia, ha dado una visibilidad a la población afrodescendiente de Bolivia y, a menudo, brinda a los afrobolivianos oportunidades para ganarse la vida como artistas.

A medida que la saya se ha vuelto más comercial, comúnmente visto en las artes con raíces minoritarias, su importancia y función se han ido perdido para la audiencia, por lo que se han visto comprometidas. En esencia, la saya no se trata solo de movimientos y ritmos; también evoca importantes hechos históricos y personajes notables. El ejemplo mas claro es, ""Si yo fuera presidente"", saya que honra a Manuel Isidoro Belzu, el presidente boliviano que abolió la esclavitud en 1851.

 

Irene Torrez, de MOCUSABOL, ha construido su vida en los ritmos de los Yungas y tiene un profundo amor y aprecio por su oficio. Muestra con orgullo los trofeos y placas que adornan su pequeña oficina cerca del barrio de Miraflores de La Paz. Sus palabras tajantes cuando admite que la admiración del pueblo boliviano por la forma de arte puede ser superficial. ""la Saya es importante: nos conecta con nuestros antepasados africanos y nos da un sentido de orgullo"", dice. “Pero mucha gente piensa que todo lo que podemos hacer es bailar, y no tienen respeto por lo que hacemos. A veces la gente hace comentarios como: ""Mira lo sexys que son las mujeres negras cuando bailan"". No prestan atención a la letra de las canciones, ni entienden su verdadero peso. Somos solo objetos para su entretenimiento "".

 

 

Si bien la gente puede estar abierta a su música y baile, los afrobolivianos han tenido que luchar para ser aceptados como pueblo por la sociedad boliviana durante siglos. A pesar de los cambios legislativos e históricos, siguen siendo víctimas de discriminación en varios niveles. Viven en relativa pobreza, se enfrentan a la exclusión social y están sujetos a frecuentes comportamientos racistas. Parte del problema con la representación afroboliviana se debe al hecho de que representan menos del 1% de la población boliviana. Sus gritos se ahogan fácilmente, particularmente en un país donde más de la mitad de la población se identifica como indígena, y fue víctima de abusos similares durante siglos. El papel de los afrobolivianos en la historia boliviana se borra con demasiada facilidad y su experiencia histórica a menudo se resume en una o dos frases, si es que se menciona. Paola Inofuentes, activista y directora ejecutiva del Centro Afroboliviano para el Desarrollo Integral y Comunitario, lo expresa de manera sucinta: 'Para la persona promedio, nuestra historia es así: llegamos como esclavos, nos mudamos a Los Yungas y luego fuimos liberado. El fin”. Pero la historia de los afrobolivianos es mucho más complicada y de mucha más trascendencia, para Bolivia y el propio imperio español.

 

Los primeros africanos llegaron a Bolivia en el siglo XVI, como esclavos para saquear las minas de Cerro Rico en Potosí, donde innumerables perecieron debido a las inhóspitas condiciones a las que fueron sometidos (el número exacto de muertes es imposible de saber, pero se estima que entre cinco y seis millones de trabajadores forzados, tanto indígenas como africanos, murieron en las minas de Cerro Rico). Y, como en otras partes de las Américas, tanto del Norte como del Sur, los africanos se vieron obligados a realizar trabajos en condiciones espantosas. ""Los esclavos africanos fueron trasladados a los Yungas en parte porque la región necesitaba mano de obra"",

 

El historiador Roger Leonardo Mamani Siñani menciona, 'se dice que llegaron sabiendo cómo cultivar azúcar, algodón y tabaco, todo lo cual crece bien en Los Yungas'. Incluso después de la abolición oficial de la esclavitud a mediados del siglo XIX, Los afrobolivianos continuaron siendo oprimidos por la élite mestiza hasta la Revolución Nacional de 1952, después de la cual se aprobaron amplias leyes de reforma agraria. Incluso entonces, sin embargo, los afrobolivianos han enfrentado discriminación y dificultades económicas sistémicas hasta el día de hoy.

 

Juan Angola Maconde, economista afroboliviano, y uno de los principales expertos e investigadores en el ámbito de la historia negra, originario de Dorado Chico, relata en su primer libro titulado “Yungas, las Raíces de un pueblo: cultura afroboliviana"", publicado en 2000, “Hubo batallones negros que participaron. Fueron conocidos como Los Batallones de Terror, y muchos de ellos perecieron en el conflicto. Se desconocen sus nombres porque fueron esclavos que participaron de la promesa de una eventual libertad. Sabemos que personas de ascendencia africana participaron en la Guerra del Chaco, y esto está bien documentado. Los gustos de Pablo Murga, Pedro Andaverez Peralta y Demetrio Barra emergieron como héroes. Pero una vez que los soldados negros e indígenas regresaron de la guerra, todavía fueron sometidos a servidumbre bajo el sistema de haciendas, y esto no cambió hasta la revolución de 1952 "". Gracias a estas contribuciones, recibió atención en América Latina e incluso en los Estados Unidos. Sus trabajos han recibido más atención en extranjero que en Bolivia. Es uno de los pocos afrobolivianos que se conmemora fuera del área de saya. “No existe investigación sobre el papel de los afrobolivianos en la Guerra de Independencia”, dice.

 

Pedro Peralta es el afroboliviano más destacado que emergió de la Guerra del Chaco, reconocido por el Parlamento boliviano en 2018 como ""un hijo ejemplar de la comunidad y cultura afroboliviana"". El reconocimiento de héroes para Peralta es una victoria, y muestra algunas señales de progreso para los afrobolivianos después de siglos de ser ignorados, pero aún queda un largo camino por recorrer. “No se tiene en cuenta el legado del colonialismo, la esclavitud, y cómo nos afectó y continúa afectándonos”, explica Inofuentes. “Creo que algunas personas sienten que el hecho de que nos reconozcan es suficiente y deberíamos sentirnos agradecidos. Pero no se nos reconoce por el papel que desempeñamos en la liberación de este país, e ignoran los problemas actuales que enfrentamos"".

 

Quizás una nueva generación con mejor acceso, y la ventaja añadida de estar mejor conectados y con nuevas nociones de afrobolivianidad comience a surgir. ""Ahora, con el Internet, es más fácil conocer gente como Malcolm X y encontrar modelos a seguir"", dice Inofuentes. Reconocer el papel de los bolivianos de ascendencia africana en la lucha por la independencia implicaría mucha más investigación, pero podría contribuir en gran medida a dar forma a la negritud en Bolivia, y reforzaría la idea del papel que han desempeñado además de entretener o servir. En los últimos 10 años, los bolivianos negros han pasado a ocupar puestos de poder, personas como Jorge Medina, el exjefe de policía Abel de la Barra, y el viceministro de Cultura Juan Carlos Ballivián. Con suerte, las generaciones venideras producirán más ejemplos de excelencia negra boliviana, llevando el conocimiento que sus antepasados jugaron un papel importante para su libertad.

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December 30/2020| articles

Photos by Ivan Rodriguez